Los hijos nos adelantan

La revista Foc Nou me pidió un artículo para su número Menors i noves tecnologies. Se aleja algo del enfoque que habitualmente tiene este blog, pero a su vez pienso que las relaciones entre padres e hijos, con respecto a la tecnología, no son a amenudo tan diferentes de las que hay entre órganos de gobierno (o equipos de dirección) y equipos técnicos (o parte de estos).

Desde la generalización de los primeros videojuegos, en los años 80, tenemos abierto el debate sobre el impacto de tecnologías y dispositivos electrónicos de toda clase en los niños y adolescentes. En cada nueva etapa de avance digital retomamos la discusión, sin terminar, parece, de sacar nada en claro. El último capítulo lo protagonizan ahora mismo los teléfonos móviles con acceso a Internet y las redes sociales.

Las inquietudes que se manifiestan alrededor de este tema no son esencialmente diferentes, humanamente hablando, de las que se producen ante la aparición de cualquier fenómeno nuevo: lo desconocido nos produce miedo. A su vez, como en tantos otros aspectos, los medios de comunicación acostumbran a proyectar aquellas situaciones negativas, por puntuales que sean, que permiten el titular fácil y que no nos ayudan a aprehenderlo. Recuerdo no hará tanto como un programa de debate de la televisión pública dedicado a las redes sociales invirtió casi todas sus dos horas hablando de los riesgos para la privacidad derivados de publicar fotografías en Facebook. ¿Dónde están las incontables iniciativas de éxito de todo tipo que ha generado la revolución tecnológica de los últimos años? Esta debería ser la noticia.

Por otro lado, ¿por qué nos preocupan tanto estas cuestiones, particularmente a quienes tenemos hijos pequeños? Probablemente porque, a diferencia de otras cosas nuevas que aparecen a nuestro alrededor, en esta materia los hijos nos adelantan en su descubrimiento, su aprendizaje y su uso. Una primera respuesta bienintencionada de los adultos es aquella que dice: “Yo no me opongo a…, pero conviene educarlo”. Ciertamente, conviene educar, ¿pero cómo podemos formar en el uso de aquello que desconocemos? A pesar de pertenecer a la primera generación digital, veo a mi alrededor mucha gente a quien la tecnología todavía asusta más allá de los usos más evidentes e incorporados. Perdamos el miedo. Exploremos. Juguemos. Descubramos el universo de posibilidades de toda clase que tenemos al alcance. Aprendamos con y de los hijos, también, si hace falta. Quizás represente un cambio del paradigma educativo clásico, pero esto no nos tendría que quitar el sueño.

Estoy convencido de que nos llevaremos sorpresas y desmontaremos más de un mito. El primero, que la tecnología genera aislamiento. Al contrario, la red posibilita, también a los más jóvenes, la posibilidad de crear relaciones, de poner en marcha proyectos, de conocer nuevas realidades a partir de procesos cada vez más proactivos. Y a su vez con mucha más colaboración con otras personas con quienes comparten intereses e ilusiones, quienes no siempre se hallarán físicamente cerca (en la familia, en el aula, en el barrio…). Sin que esto suponga necesariamente una pérdida de calidad del resto de espacios personales.

Es más, vivimos en una sociedad que ya es red en un sentido amplio del término, más allá de la tecnología. En esta nueva sociedad Internet no es un mundo aparte, no es una realidad paralela, no tenemos dos vidas. El mayor enriquecimiento personal lo obtendremos de una buena integración entre aquello que somos y hacemos en la calle y aquello que somos y hacemos en la red. Entender este punto es clave para afrontar el reto posterior de acompañar el proceso de descubrimiento y crecimiento digital de los más pequeños.

Y preparémonos también para ver cada vez más puesta en cuestión nuestra pretendida autoridad asociada a una trayectoria vital más larga. La experiencia seguirá siendo un valor, sí, pero poco a poco nuestros hijos aprenderán a formarse su criterio a partir de una polifonía de referentes, muchos de ellos descubiertos en Internet. La sabiduría del enjambre, de la colectividad, contra la del individuo, por mucho padre, madre o maestro que sea. Se nos exigirá más, tendremos que ser mucho más honestos y aceptar más abiertamente nuestras limitaciones, seguir creciendo también nosotros con ellos.

Quizás, al fin y al cabo, se nos presenta un escenario más estimulante de lo que podíamos imaginar…

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