El futuro de los alimentos: escasez en la producción e injusticia en el reparto

Un año más llega el Blog Action Day, una iniciativa que desde 2007 promueve que en un mismo día blogueros de todo el mundo escriban sobre un tema relevante desde el punto de vista social con el objetivo de sensibilizar sobre la cuestión. Este año el BAD coincide con el Día Mundial de la Alimentación y este ha sido el tema escogido. Igual que el año pasado, he pedido a una persona experta una reflexión sobre el tema. Os recomiendo que leáis con interés el artículo que ha escrito Fran Equiza, director regional de Oxfam Gran Bretaña para el Cuerno, el Este y el Centro de África. Os sugiero también que sigáis sus aportaciones a través de su blog Beyond the tribe / Más allá de la tribu y de Twitter.

La necesidad de comida se prevé que aumente en un 50% para el 2030. Por otra parte, el mundo ha consumido más comida de la que ha producido en siete de los ocho años entre 2000 y 2008 y el crecimiento de las tasas de productividad generadas por la “Revolución verde” está declinando. La cantidad de tierra cultivable por persona se ha reducido a la mitad desde 1960, pero su demanda ha aumentado, así como la demanda de agua, que crecerá un 25% hasta el 2025 pero ya ha sobrepasado su uso sostenible en muchos lugares del planeta. Son algunas de las cosas que nos dice Alex Evans en su informe Ressource Scarcity, fair shares and development.

Así pues, asistimos a un cambio en el tradicional reto de “hay comida para todos pero está mal distribuida”. Ahora deberíamos formularlo así: “además de mal distribuida, tal y como hasta ahora la producimos y la consumimos, no hay comida para todos”. Es evidente que el futuro habla de escasez y nosotros debemos hablar además de justicia en el reparto.

En cuanto a la escasez parece evidente que una de las acciones es aumentar la producción -la FAO habla de la necesidad de aumentarla un 70% en los próximos años-, ¿pero cómo? La primera reflexión a hacer es en qué medida la producción de alimentos compite, en tierra y agua, con otros productos como los biocombustibles -el 40% de la producción de maíz de EEUU será para etanol este año-, las explotaciones madereras o la necesidad de conservación en términos de CO2 –mantenimiento de bosques, por ejemplo-. Por lo tanto hay menos tierra y más necesidad en cada ámbito. La segunda reflexión tiene que ver con que el incremento de la clase media a nivel global, que ha hecho que aumente su consumo de alimentos. Y un tercer factor a tener en cuenta es el cambio climático, que está afectando a las pautas y cantidades de producción en una gran parte del planeta. Todo ello en un entorno de recursos limitados. Como dice Johan Rockstrom en su gran vídeo (en inglés con subtítulos en castellano) en TED, tenemos que actuar ya.

Esto nos lleva a poner nuestra mirada en un lugar al que tradicionalmente se ha prestado muy poca atención. Hoy en el mundo hay 3.000 millones de personas que viven directamente de la agricultura familiar. Solo en África hay 33 millones de explotaciones con una extensión promedio de una hectárea. ¿Pueden estas explotaciones ser el nuevo granero del mundo? Sin duda. Recordemos que mayoritariamente no han tenido acceso a nuevas tecnologías, ni a crédito,  ni a instrumentos de comercialización, y hay muy buenos ejemplos que demuestran cómo con dicha atención florecen tanto o más que las grandes explotaciones.

La segunda parte de la ecuación es la distribución y esto tiene que ver tanto con el acceso a la comida como con la manera de consumirla. Y si hablamos de acceso hemos de tener algo muy claro, como ha dicho Amartya Sen: una hambruna no es que no existan alimentos disponibles, sino que las personas no pueden acceder a ellos. Y lo más asombroso es que aproximadamente el 80% de la gente que pasa hambre vive en entornos rurales, que es donde se produce la comida. Pero las personas más pobres están enormemente expuestas a la volatilidad de los precios y en general gastan más del 75% de sus ingresos en comida, lo que les da muy poco margen de maniobra. Por lo tanto, sin una regulación de los precios y una reducción de la especulación, junto con una inversión en su desarrollo, sus posibilidades de acceder a los alimentos que necesitan parecen muy escasas.

Y por último, y sin embargo más cercana a todos nosotros,  está la cuestión del consumo. En este caso del consumo irresponsable, del despilfarro, de la cantidad de comida literalmente tirada a la basura. Según Tristram Stuart solo con una cuarta parte de la comida que se desperdicia en Europa y EEUU se podría alimentar a los 1.000 millones de personas que pasan hambre en el mundo.

En el Día Mundial de la Alimentación ser conscientes de las limitaciones de nuestro planeta, de las posibilidades que ofrece la agricultura a pequeña escala, de cómo la especulación con un bien básico como los alimentos deja hambrientos a más de mil millones de personas y de nuestra personal e individual responsabilidad ciudadana con todo ello y con nuestro propio despilfarro, puede suponer el primer paso hacia un mundo en el que todos los que estamos, y los que vendrán, podamos tener suficientes alimentos sin penar por ello.

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